Es difícil entender la conducta de las personas. Y mucho más si esa conducta no es verbal. Una tiene que empezar a inferir, imaginar, divagar u olvidar. Y claro, así no hay quien se aclare.
Lo peor es que cada vez tiene menos sentido, y quizás en Diciembre ya no lo tenga para ninguno de los dos. O que no lo tenga para mí, porque está claro que para ti no lo tiene ahora tampoco.
Y lo que va a ser muchísimo peor es que le encuentres el sentido mientras yo lo pierdo en el Bulex. Porque hay noches que prefiero el ácido del zumo de naranja que lo dulce de tus piruletas.
No sé, a lo mejor eres así de amable con todo el mundo. A lo mejor no sabes decir que no, y por eso te ríes. A lo mejor te fijas en las pulseras blancas de todas, y por eso te diste cuenta de que no la llevaba.
O a lo mejor no.
No sé, puede que sencillamente te guste visitar los blogs de todo el mundo. O puede que seas así de cotilla con todo el mundo. Y puede que te interese la familia de todo el mundo.
O puede que no
No sé, la verdad. Quizás tengas una manera demasido elegante de quedar bien siempre. Quizás tengas a quien te repita todos los días lo bonita que es tu risa. Quizás seas tú el que se lo repite a alguien.
O quizás no.
No sé, tal vez tú más adelante y tu sonrisa forma parte de tu repertorio de buen niño que queda bien siempre. Tal vez nunca activarás el usuario del messenger. Y tal vez la cuenta de facebook siempre quedará pendiente.
O tal vez no.
No sé, no sé nada. No sé si quiero saber, porque me temo la respuesta.
Bueno algo sí sé, que me gustas. Pero eso también lo sabes tú ¿no?
No hay nadie en este mundo tan mágico, tan genial como tú.
Pero esta vez no tiembles, sólo es mérito mío.
Te conocí con dieciocho años y ya me deslumbraste. Tenías aires de científico loco y de profesor sobrado. Tenías aires de chulo y prepotente. Tenías aires de hombre egocéntrico y padre encantador. Y también tenías aires de personita insegura y una mirada sensible.
Con diecinueve años me enamoraste, mientras me explicabas en una misma frase teorías de la luz y los colores, la estructura del núcleo accumbens y la amígdala y los malostratos de tu mujer. Me enamoraste cuando me sentaba en tu silla y mientras yo usaba tu ordenador y dejabas de refunfuñar por tus oposiciones te cazaba mirándome embobado. Me enamoraste cuando a las 2 de la mañana me cogiste el teléfono porque yo simplemente me había acordado de ti.
Cuando tenía veinte años -y era imbécil- te declaraste apoyado en una farola enfrente del hotel Lebreros. Me gustas, claro que me gustas, me gustas desde la primera vez que me trataste con cariño. Y yo sólo pensé en cómo hacerte feliz, cómo darte todo el cariño que llorabas por no tener, cómo hacer para que sintieras que no estabas solo. Cómo darte la mano mientras sonaba Born In The USA.
Me hablabas de la eternidad de nuestra relación imposible y de como el destino encuentra a las personas. Y mientras me abrazabas por la espalda y me besabas en la frente me dejé el orgullo -junto a unas bragas- entre tus sábanas. Descubriste que tenía cosquillas a la vez que yo descubrí que podías ser cariñoso. Me susurrabas que estabas herido y me gritabas que eras peligroso -no sabía yo cuánto-. Te arrepentías por el tiempo perdido mientras recorrías con tu lengua mi vientre. Y yo me culpaba por ser joven cuando me tirabas del pelo casi sin control.
La montaña rusa que eres no tardó en sorprenderme de nuevo (recordad: veinte años e imbécil), y mientras me decías que no podías contenter las ganas de arrancarme la ropa cuándo me veías, les decías a tus colegas que yo te acosaba. Mientras me decías que sentías un miedo frío y desgarrador cuando estabas conmigo porque podrías enamorarte de mí, le decías a la rubia del messenger que si quedabais en Nervión o en Los Remedios. Me dejaste mientras me decías que te encantaría estar conmigo en ese mismo momento.
Cuando terminé de perder mi orgullo y mi dignidad, te puse a prueba. Y gané. Siempre gano, como ya te dije. Y te hice temblar, y bajar la cabeza, y reconocer que no te acosaba. Y sí, gané. Pero perdí mucho más.
Cuando cumplí veintiún años y ese mismo día me hablaste de besos, decidí que eras un hijo de puta, pero que yo seguía siendo imbécil. Cuando me hablaste de turismo, viajes y superficies planas, pensé que ni tu ni yo íbamos a cambiar. Yo siempre sería imbécil y tú siempre serías un hijo de puta.
Te olvidé el mismo día que decidí dejar de intentar hacerlo. Un día más tarde dejé de ser imbécil. Dos días más tarde el mundo empezó a brillar cada vez que él se reía. Tres días más tarde imaginar sus besos es más gratificante que recordar los tuyos.
Sin embargo, tú creo que no has cambiado.
Me he inspirado en esta entrada, la cual obviamente es una obra maestra al lado de la mía.
La verdad es que ha habido cosas que me han gustado. Yo me fijo en los pequeños detalles, y me conformo con poco. Y además, sólo me quedo con lo bueno, así… ¡siempre contenta!
No, en serio, por un momento me ha gustado tu cara de preocupación, me ha gustado que insistieras un par de veces en mi carita de pena, y me ha gustado tu casi-gesto casi-cariñoso con la funda de las gafas de sol. Aunque si me llegas a dar de verdad te la hubiera tirado a la cabeza, que una estaba de muy mal humor.
De repente todo parece menos fácil. Todo se vuelve más lejano y más real. Seguramente no todo sea pedirte el número de teléfono y que me lo des. Seguramente ni siquiera te lo plantees.
Menos mal que siempre quedará tu risa. Tarde o temprano, necesitaré decirte lo mucho que me gusta.
A veces escribo algo, y en raras -pocas, excepcionales- ocasiones queda bien y es digno de compartir. Éste será el lugar destinado para ello. A lo mejor traigo algo de lo que escribí en esa etapa de mi vida en la que estuve enamorada estupidizada. Porque esas cosas como que sueltan la creatividad. Aunque como me estoy estupizando de nuevo, pues lo mismo ni hace falta.